El 22 de enero Trump ignoraba la peligrosidad del COVID-19 a pesar de haber sido información sobre el potencial del nuevo coronavirus. Decidió tratarlo como un mal menor. A partir de esa postura, no se tomó ninguna preventiva cuando el primer caso apareció en Estados Unidos ese 22 de enero.
Al 8 de abril, EEUU registraba unas 12.700 muertes y la Casa Blanca anunció que el mejor pronóstico era un escenario de entre 100.000 y 240.000 muertes.
Hoy, 30 de mayo, el escenario que planteaban comienza a cumplirse y Estados Unidos lleva más de 105.000 muertos. Cuando Trump o alguna otra autoridad de la Casa Blanca es consultada, se excusan diciendo que muchas más gente muere por año de otras enfermedades. Si bien eso es verdad (unas 700.000 personas murieron de enfermedades vinculadas al SIDA en 2018) no justifica que las muertes por COVID-19 se habrían podido prevenir tomando las medidas adecuadas. En lugar de ello, Estados Unidos junto con Brasil han decidido priorizar sus economías y simplemente dejar que el coronavirus haga lo que mejor que sabe hacer: contagiar, saturar los sistemas de salud y matar. Esto a mi entender vuelve a los líderes de estos países completamente responsables de las más de 130.000 muertes que acumulan entre ambos y espero que cuando pase la pandemia sean juzgados como los genocidas que son. Puedo equivocarme y, en lugar de ser juzgado, Trump sea reelegido presidente, quien sabe.
Del 11 al 15 de noviembre se viene una nueva edición de la Semana de la Cultura Libre Uruguay con diversas actividades, entre ellas: cine.
La reseña que comparto no es para decir que se va a proyectar «Parasite» porque no es una película con licencia Creative Commons (u otro tipo de licenciamiento menos restrictivo que el copyright), pero si la tuviera, todos los uruguayos que la vieron sin haber viajado a un país que la tenga en cartelera o sin utilizar algún sistema on demand en un entorno 100% protegido de «piratas» que desconozco, donde quienes militan por fortalecer medidas pro copyright pueden alegremente pagar una ciberentrada, la habrían visto sin tener problemas legales. Actualmente quienes vimos la película mediante algún simil pelispedia o alguno de los proxy de The Pirate Bay estamos cometiendo el delito de consumir cultura aunque no haya forma legal de acceder a la misma.
Me animo a decir que un altísimo porcentaje de uruguayos que vieron y reseñaron la película en algún suplemento cultural o por este propio medio está en la misma situación de ilegalidad que la mía, tal vez lo esté también el propio reseñador de la Revista Dossier, Carlos Diviesti de Argentina, país donde Parasite se estrenará recién el año que viene. De estar en el universo de la ilegalidad, Carlos sería doblemente imputado ya que además escribe la reseña para una revista que le reportará una ganancia, o sea, se está ganando el sueldo reseñando películas vistas de forma ilegal. Para mi está bárbaro y calculo que Carlos debe correr estos riesgos en los que nos envuelve la legislación actual porque seguramente está a favor de la cultura libre, y de paso calculo que la Revista Dossier también y que no deben andar por ahí fomentando una mayor limitación en el ejercicio del derecho de participación en la vida cultural.
Ahora, tal vez me equivoco y la revista hizo todo de forma absolutamente legal y se aseguró de que Carlos viera la película con todo «en regla». En ese caso, todo bien, pero ¿qué pasa con la inmensa mayoría de uruguayos que no podemos acceder a la película pero que nos hemos manejado para verla igual? ¿y qué pasa con aquellos que consumen cultura a carra de perro, legal e ilegalmente y después abogan para que sigan penalizando a quienes lo hacen ilegalmente? El corto Buscaglia diría «¡Paradoja!». Una sociedad que quiere aumentar plazos de vigencia de copyright al mejor estilo Disney (para seguir currando con Mickey), es una sociedad que aboga por libertad mientras coloca los barrotes de su propia celda.
Imaginate entrar a tu red social y presenciar un intercambio entre tres personas que por privilegios particulares (normalmente asociados a posibilidades económicas determinadas azarosamente y no meritocráticamente como se suele predicar) logra ver la película en otro país, en la propia Cannes tal vez. Ahora imaginate no poder acceder a la película por medio alguno, más que el de poder viajar a un país que la proyecte. Tres personas con el 100% de posibilidades de ser parte de la vida cultural, por condicionantes socioeconómicas azarosas, y una gran masa que observa y se angustia...eso es lo que está pasando a nivel global. Estamos ante una legislación exclusiva dentro de un sistema exclusivo.
Los invito a continuar el debate entre el 11 y el 15 de noviembre.
No me había dado cuenta de que había pasado tanto tiempo desde la última publicación en este blog. Cuando uno piensa en el tiempo, a veces siente que pasa rápido, pero cuando recuerdo todo lo que hice durante los últimos dos años, en realidad no pasó tan rápido. Lo último que publiqué fue un relato que formará parte de la novela «Ángeles de Basura». Es una versión cruda que probablemente cambió bastante, pero me sentía ansioso por mostrar algo nuevo. La lucha contra la ansiedad es una de las grandes luchas que tiene un aspirante a creador de algo decente. Siempre hay que estar al tanto de que lo publicado bajo el ansia termina siendo una mediocridad. No sé si será así para todo el mundo, pero a mí al menos me pasa con un relato recién escrito. Sé que le falta mucho aunque en el momento no sepa bien qué. Con la música pasa lo mismo. Termino una canción y aunque me muera por compartirla tengo que aguantar el pichí porque se que cuando la escuche a las dos semanas voy a querer cambiar algo. Ahora, ojo con entrar en el loop infinito y no hacer el Final Cut porque es enloquecedor.
Esa sensación de «todo así nomás» es la que me embarga en este universo de las redes sociales que no deja de ser uno de los universos del ser humano. Nada raro pasa en ella. Es un reflejo hasta más exacto que el que podría arrojar un estudio sociológico terrenal. Siento que me ametralla una cantidad de contenido express producto de una necesidad voraz de vomitar cada cosa que nos sucede. Y no está mal, todos necesitamos ser escuchados. Algunos lo manifiestan abiertamente («Hey, aquí estoy. Miren lo que voy a escribir en este momento!»), otros lo hacen desde un lugar de aparente desinterés («Estoy a punto de irme de acá. Esto es insoportable») escondiendo esos destellitos de alegría que son los like o el resto de reacciones que ofrece, por ejemplo, Facebook. Todos pedimos atención en algún momento. Es bastante natural en un mundo que pide ser útil, que pide dejar una marca. En algún momento pica ese bichito entonces empezás a hacer algo en pos de construir eso que vas a dejar en el mundo para siempre o al menos por un buen tiempo.
Vieja interfaz de Facebook
En lo personal, hace un par de años que me di cuenta que se me iba mucho tiempo en estar al día con las redes y que me quitaba tiempo para proyectos que llevan tiempo y dedicación, como escribir una novela o componer una canción desde cero. Dado que no soy un escritor prolífico no me puedo permitir tantas distracciones. Imaginen si encima me paso todo el día escroleando. ¡Olvidate! Así que para mí, participar poco de las redes es casi una obligación si quiero dejar algo más que palabras en un servidor cuya información desaparecerá cuando a alguien se le ocurra que precisa liberar espacio. Si...comí con el utilitarismo. Actualmente, lo que me ayuda a mantenerme alejado del ciberespacio, aunque no lo crean, es el celular. Se me ha ido deteriorando con el tiempo y actualmente apenas puedo compartir algo en Facebook y subir alguna foto en Instagram. En esta última, que está por ser la red número uno, no puedo crear historias, subir videos ni enviar o recibir mensajes directos. Y por el momento soy feliz. Estoy estirando todo lo que pueda el cambio de celular para no entrar a enfermarme con esa locura de adornitos, hashtags y constantes historias del momento que me van a engatuzar y en la que seguramente voy a entrar. Por eso sigo con un gastado Nokia Lumia con el obsoleto Windows Phone 8. Pero igual es difícil. En este momento, por ejemplo, alterno entre escribir esta publicación y el facebook. Hay eventos a los que quiero ir, publicaciones ante las que quiero reaccionar y comentarios que quiero responder. Me aguanto. Tranqui Maxi.
Un disco que he escuchado mucho en estas semanas. Psicodelia brasilera a full.
Ahora estoy escribiendo para este blog que es también una red social, pero el blog tiene un «no se qué» que hace que valga la pena armar algo legible acá. Tal vez sea por los recursos adicionales que permiten completar la publicación (imágenes, videos, enlaces) y poder colocarlos donde uno quiera. Además me siento apropiado de la herramienta por haber vivido su auge y caída. Su auge puede haber sido en la década del 2000 y su uso fue inversamente proporcional al de Facebook.
¿ES EL VICIO?
Las redes sociales no son novedosas, son la ciberadaptación de una práctica que comenzó con las primeras civilizaciones. Tal vez lo nuevo es que las redes sociales digitales amplían el conjunto de personas con intereses similares lo que expande el universo de contenidos y sentimientos compartidos, lo que puede llevar a una suerte de angustia del usuario por no poder ver todo lo que aparece en pantalla. Es como la angustia por saber que no te da la vida para poder leer todos los libros que te interesan o ver todas las películas o series que quisieras. Esto último es particularmente actual. Todos los grandes medios de comunicación audiovisual han apostado a la serie. Probablemente todos los que nos enganchamos con ellas, tenemos por lo menos 5 o 6 series en lista de espera y que si fuera por uno, serían 20 en esa lista. Cientos de medios de todos los países están estrenando series. Por eso es tan exitoso un dispositivo organizador y facilitador de contenidos como Netflix que logra hacer sentir al usuario que no hay taaaanta cosa para mirar, el universo de series es finito y son las que están en la plataforma. Y uno debe creerlo para mantener la cordura porque si nos dejamos llevar por internet y entramos a explorar series de todos los países nos volvemos locos y nos entra la angustia.
De acuerdo al experto en adicciones Mark Griffiths, algunas características que pueden componer un cuadro de adicción son los siguientes: - Saliencia. La actividad se vuelve lo más importante en tu vida y ocupa tus pensamientos, sentimientos y conducta. - Modificación del humor. Experiencias emocionales subjetivas producto del involucramiento en una actividad problemática.
- Tolerancia. Aumento de la actividad para mantener el mismo efecto. - Abstinencia. Estados emocionales desagradables cuando la actividad es interrumpida o repentinamente reducida. - Conflicto. Problemas desarrollados entre el potencial adicto y las personas que lo rodean, problemas para desarrollar su trabajo responsablemente y problemas consigo mismo (conflicto intrapsíquico) - Recaída. Tendencia a repetir los patrones tempranos luego de haberse retirado o haberlos controlado.
Confieso que, aunque me creo bastante alejado de las redes, puede que siga teniendo alguno de estos síntomas. Por momentos el uso de las redes (aunque de pronto sea para fines que uno crea loables como difundir su trabajo) logran ocupar todos mis pensamientos, a veces me cambian el humor, a veces extraño ingresar cuando no lo hago por un tiempo prolongado (siempre horas, nunca días), a veces me genera conflicto a veces las dejo de usar por un tiempo prolongado y cuando vuelvo lo hago con todo.
Hay una cuestión de análisis del discurso en los posteos que, además de ser divertido, dice algo de ese otro y muchas veces ese algo contrasta enormemente con la persona que veo en lo terrenal. Da la impresión de que en algunos casos hay características de la personalidad que solo emergen en un cibercontexto. ¿Por qué? Se me ocurre que hay una diferencia entre lo que se dice de frente y lo que se dice en un muro semipúblico. Parecería ser que hay cosas que puedo decir en las redes y no frente a frente con el otro. La presencia física cohíbe al otro. El poder recibir la reacción al instante hace que se tengan filtros que en un cibercontexto no existen. ¿O acaso no conocen a alguien que en persona es retraído, callado y en las redes es una llama? ¿O que no se mete con nadie en persona y se mete con todos en las redes?
Ahora, si hay una adicción no es a Facebook, Instagram o Linkedin. Como cuestiona Nestor Fernandez Sanchez, «Si se identifica
que una persona piensa de manera recurrente en acudir a
un bar –y, de hecho acude frecuentemente– y su perseverante conducta le produce cambios emocionales y problemas en su trabajo o en su familia, no es permisible calificar
una “adicción a los bares”. Alguien podría afirmar que no
es la adicción a los bares el problema, sino una adicción a
las bebidas alcohólicas.» Entonces, siguiendo este razonamiento, no hay adicción a las redes sociales sino a lo que sucede. En caso de haber adicción, este sería al contenido, adicción a saber lo que piensa el otro. Así que superar la adicción, en este caso, sería en principio dejar de querer saber lo que piensan los demás sobre todo.
Nestor Fernandez Sanchez en su paper va más allá y elabora un conjunto de síntomas típicos de las adicciones pero adaptados al uso de redes sociales. Éstas serían:
• Aislarse de las relaciones sociales presenciales (cara a
cara), sustituyendo este tipo de relación por las redes sociales en internet (RSI).
• Bajar el rendimiento escolar so motivo de la presencia
permanente en las RSI.
• Descuido de responsabilidades o actividades consideradas como importantes en el entorno laboral, escolar,
familiar o de pareja.
• Manifestar euforia cuando se está participando de las
actividades de las RSI.
• Manifestar irritación o ansiedad excesiva cuando no
hay conexión a Internet y, por consecuencia, a las RSI.
• Mentir sobre el tiempo que se está conectado o sobre lo
que se está haciendo en las RSI.
• Pensar y hablar persistentemente de los temas y circunstancias que suceden en la red, entre los conocidos;
aunque no se esté conectado a ella en ese momento.
• Pérdida de la noción del tiempo o del espacio debido a
la permanencia frecuente o constante en las RSI.
• Privación del sueño por estar conectado a las RSI.
• Protagonizar discusiones en relación con el uso de las
RSI con las personas que rodean al usuario, como los
compañeros de trabajo, escuela o familiares.
Entrando en terreno especulativo, hay algo que creo fortalece mucho este comportamiento adictivo y es la generación del hábito. Básicamente se agrega el uso de las redes a la rutina, y dado que estamos bajo un orden mundial al que le es útil que seamos rutinarios, el hábito de usar las redes se vuelve difícil de remover. Una de las claves podría ser sentarse a reflexionar sobre por qué se usan tanto las redes y hacerse la pregunta ¿qué actividad igualmente entretenida puedo hacer en lugar de entrar a Instagram?
EL ABANDONO DEL LENGUAJE ESCRITO
Si algo tiene de lindo una red social es el poder intercambiar ideas, opiniones, como si estuviéramos en un café. Ahora, entramos en una era de profundización de lo superficial, y ahora hemos decidido suplir oraciones articuladas por una imagen y un puñado de palabras sueltas denominadas hashtag. Y digo suplir en lugar de complementar porque la tendencia es abandonar redes de contenido principalmente escrito como Facebook o Twitter. Para las nuevas generaciones ya fueron estas redes. En unos años Twitter probablemente se convierta en un pequeño guetto como este espacio en el que escribo.
¿QUÉ ESTAMOS HACIENDO? Estamos siendo. Con cada publicación el usuario dice «Esto es lo que tengo para decir». En un rastrillaje rápido de mi propia comunidad encontré estos metamensajes:
- Re banco a Bolsonaro. - Quiero que mueran todos los delincuentes que no se de dónde salieron pero me molestan. - Me molesta la gente que no es como yo. - Vos que te estás volviendo muy popular, ya no te banco. Algo de vos me molesta. Aún no lo sé pero lo voy a encontrar. - Me siento solo. - Tengo muchísimos amigos. - Me drogo. - Ya no me drogo. - Quiero encontrar el amor. - Quiero estar solo. - Soy un guarro terraja, pero a la vez culto y refinado. Confundite conmigo. . Me gustan las películas que gusta a unos pocos. - Soy un ser muy peculiar porque «100 años de soledad» me pareció una mierda escrita intencionalmente para cine. - Tener hijos es un bajón pero a la vez es lo mejor que me pasó. - Al final concreté aquello sobre lo que ustedes estaban todos pendientes. Al final compré ese florero nuevo. - Me volví tan snob que cuando escriba algo de verdad nadie va a entender nada. Y ese es el infierno que me tocó. O sea, no es tan complejo el fenómeno de las redes sociales. Si tenemos cuidado con el fenómeno de tercerización de la personalidad, comúnmente conocido como alienación.
Y eso es todo lo que tengo que decir sobre esto. Hasta dentro de dos años...
Primer día de laburo en el Cambio dentro del Montevideo Shopping. Tomé un 145 y conseguí
asiento al lado de una mujer de unos cincuenta años que miraba por la ventana, luego hacia abajo y pensaba en voz alta sus próximos pasos. «Me voy a bajar y voy a comprar boñatos», decía. Ya aprendí hace rato que los uruguayos estamos locos así que, sin sorpresa, me senté y me puse los auriculares. Estaba en una etapa de escuchar radios. A veces me daban ganas de no tener que elegir qué escuchar y dejarlo en manos de alguien que se cope a hacerlo.
Hice zapping hasta que caí en Del Plata que pasaba Linger de Cranberries y me transportó a los recreos del liceo y las pendejas que me tuvieron loco durante toda esa etapa. ¡Qué canción hermosa! Y se ve que el operador de radio estaba colgado con líderes femeninas de bandas de rock de los noventa porque engancharon el tema con My favourite game de The Cardigans y reviví aquel video de la guacha en el convertible por la ruta en plan destroy suicida. Recuerdo que arrancaba el clip y nunca lo quería mirar pero terminaba viéndolo hasta el final. La mina volando desde el convertible es una de las mejores escenas de la historia del videoclip. Se nota que es trucho pero está bueno y ese choque encajaría a la perfección en una película de Lynch.
La selección exquisita continuó hasta que, en medio del himno de los noventa de Cristian Castro, Amor, me tuve que bajar. Entré al shopping y llegué al cambio. El local tenía forma de L y todo requería más espacio del que había. Cuando pasé por la puerta blindada, desde donde estaba parado, veía a un lado y otro a mis futuros compañeros de trabajo atendiendo gente a cara de perro. Se notaba que el trabajo era como picar piedra pero con público. El encargado parecía el malo de una película de James Bond. Apenas lo vi lo primero que pensé fue "qué pesadilla vivir contigo" y me apiadé por un momento de su esposa que deduje tenía por el anillo, brillante como una anormalidad nuclear de caricatura. Le decían por el apellido, Juri: pómulos pronunciados, ojos celestes, piel ligeramente bronceada, corte de pelo romano y un tono de voz bien de opresor. Podría pasar perfectamente por un empresario ruso de armamento de guerra
La radio emitía bien de fondo Losing my religion de REM. Los nervios no me dejaron disfrutar la canción. Tenía que concentrarme en complacer a Juri y apenas me senté al lado de un pibe llamado Franco para que me enseñara cómo era el asunto, me pasó todos los piques. A señalar:
«No te comas billetes falsos.» « No le des la contra a Juri.» « Cuando terminás de atender a uno decí "siguiente" enseguida porque sino matás a un compañero.» « Sabé que acá nunca deja de entrar gente.» « Concentrate en dar bien el cambio porque Juri no banca muchas cagadas. Un par y pafuera o te manda a otra sucursal.»
Me había quedado claro que Juri era el capo. La radio estaba con el volumen bajo y pasaba cualquier cosa entre los noventa y principio de siglo. Era raro ver el ritmo frenético que se daba en el lugar mientras sonaba el clásico More than words del dúo Extreme. Y así pasaban los clásicos de mi adolescencia mientras presenciaba el incesante intercambio de plata, facturas y voces.
Franco me pasó todas las máximas del laburo. Era más chico que yo pero andaba de vuelo. Yo lo miraba y el no me hablaba mucho. En mi laburo anterior había tenido una verdadera maestra como tutora. Este pibe lo único que quería era terminar su turno para irse a ver a Peñarol:
- Bueno acá la cosa es fácil: mirame. -fue lo primero que dijo.
Igual encaró y tiró unos piques. Aprendí que las facturas se pasaban por una validadora; que cuando viene alguien a hacer una transacción que no involucra moneda nacional es un arbitraje; que los billetes falsos son más gruesos (eso lo sabía), y que la excesiva autoconfianza es el peor enemigo. Me dijo:
- Mirá, vas a pasar estos meses de prueba sin problemas. Se ve que encarás así que la única sugerencia que te hago, y espero nunca la olvides, es que no te distraigas.
- ¿Qué querés decir?
- Que va a llegar un punto en el que vas a dominar todas las situaciones posibles y vas a tener todas las soluciones a todos los problemas. Ahí, cuando crees que la tenés clarísima, aparece una diferencia de, no sé, diez palos. Y no lo vas a entender. Vas a contar por todos lados, vas a chequear todo mil veces y no vas a encontrar nada raro. Te mandaste una cagada y por confiado no te diste cuenta. Porque cuando estás confiado bajás la guardia. Estás esperando todos los movimientos previsibles, estás en piloto automático, entonces viene uno y te dice dos pavadas como «¿Viste que un pastor noruego dibujó un pene gigante con caca de oveja? solo se ve desde el aire», o algo así, y ahí cuando estás descolocado te encaja un billete falso.
- Ok.
Agarré lo básico y empecé con lo mío. No parecía adaptarme al ritmo del shopping. Juri me ponía muy nervioso. Caminaba siempre para un lado y para el otro. Cada cuarenta y cinco segundos lo tenía atrás mío. Era atomizante. Al día dos ya estaba trabajando para que me rajaran o para que me mandaran a otra sucursal. Me sentía en un partido de fútbol de nueve mil minutos en el infierno.
Al cuarto día de atender gente sin parar, cerca del cierre le compré sesenta y dos pesos argentinos a un cliente. En la jerga financiera «le compré» significa que el Cambio le compró. Poco antes de cerrar, empecé a hacer el arqueo de la moneda extranjera. Cuando me puse a contar los argentinos, encontré un billete de dos pesos que parecía una fotocopia. Sabía que me lo había dado el cliente de los sesenta y dos pesos. Dos pesos argentinos valían menos que una moneda de cinco uruguaya así que podía haber agarrado ese billete falso, que como se decía en ese momento, me lo morfé, hacer una bolita y tirarlo a la basura. Pero no lo hice. Estaba muy estresado. No me bancaba a mis compañeros ni al sorete de Juri y además había entrado otro pibe que tenía experiencia y me daba mil vueltas y yo estaba seguro que era el que se iba a quedar. Entonces volqué todas mis esperanzas en que Juri optara por cambiarme de sucursal o, de última, echarme.
Llamé a Juri:
- ¿Qué pasó? –peguntó.
- Creo que me morfé este falso.
- Creo no. Te lo morfaste.
- Bueno, si.
- Pero parece una fotocopia, ¿cómo no lo viste?
- Ni idea. Me distraje, supongo.
- Dámelo.
Se lo di. Lo agarró, formó una pelotita con el billete y lo tiró a la basura. No me dijo más nada. Subió una pequeña escalera que daba a un entrepiso donde estaba su oficina y donde nosotros dejábamos nuestra cajita con plata y nuestras camperas. A las 22:30 salí sin aparentes consecuencias por el billete falso.
Al otro día, pasado el mediodía, recibí un llamado del Oso desde la casa central del Cambio:
- Hola, ¿Marcelo?
- Si.
- Mira, te habla Osvaldo. Escuchá, no vayas hoy al shopping. Andá a las 15 horas al Disco de Chucarro.
Shyamalan me parte al medio con sus vueltas de tuerca. La primera vez fue con «Sexto Sentido». La vi en el viejo cine de Parque del Plata cuando el balneario entraba en decadencia y el centro comenzaba su deterioro. Los locales de maquinitas fueron cerrando (el repecho, el de la esquina frente al cine y otro en el extremo frente al Carlitos); bares que bajaban la persiana, el Hotel Aranjuez, las heladerías y hasta el invencible Bowling dijo adiós.
Hoy el centro de Parque del Plata es un pueblo fantasma pero Shyamalan, aunque en el panorama del cine sea un terraja, vive y lucha. Ha hecho sus buenas mierdas como aquella de Will Smith y el hijo o «La Dama en el Agua», que no me pareció tan mala pero la presión social venció y ahora la desprestigio como todo el mundo, pero para mí el balance es positivo. Su estilo se ve en películas como «Unbreakable» (Bruce Willis superhéroe), «Señales» (Mel Gibson y los extraterrestres) y «La Aldea» (la ciega y los monstruos capincho de impermeable en una aldea aparentemente de otro siglo) además de la ya mencionada «Sexto Sentido». Los dos últimos trabajos suyos que me han sorprendido fueron: «La Visita», aquella película de los viejitos simpáticos, y la serie «Wayward Pines». Cuando salió la serie allá por 2014 la trama no me atrapó lo suficiente como para empezar a mirarla. Unos años después la estoy mirando y al menos la primera temporada es muy buena. Un gran regreso de Matt Dillon que no lo veía desde Criaturas Salvajes.
Quisiera defender el audio largo de Whatsapp. Sé que no es conveniente grabar audios de larga duración en grupos donde la dinámica es otra y abunda lo efímero pero hay diálogos o momentos en los que es muy rico grabar audios largos. Tengo una amiga con la que intercambiamos audios de tres minutos o más. El motivo es muy sencillo: hay mucho para decir. Exigir el audio breve obedece en parte a la impaciencia y ansiedad que gobierna esta época. La gente pareciera no tener 1:45 de su valioso tiempo para escuchar al otro ya que el mundo tiene millones de estímulos muchísimo más atractivos que una simple y cruda voz.
Con esa amiga los audios largos nos han solucionado la vida porque cuando tenía que escribir todo lo que tenía para comentarle, la comunicación se volvía asincrónica. No está mal, pero es otra cosa, es 1.0. Uno además revisa eso que escribe entonces ya cambia el mensaje y mi amiga terminaba recibiendo una versión pasteurizada de aquello que podría haber dicho de forma más honesta, más real. El otro día lo utilicé para comentarle a mi amiga que había visto un documental sobre la Historia de la humanidad y que había aprendido que la palabra vacunar viene de vaca porque el tipo que inventó la vacunación estaba buscando la cura para la viruela, que en la época mataba cientos de miles por día, quiso comprobar científicamente aquel mito que decía que la gente que se agarraba una viruela animal que se contagiaba por las vacas, se volvía inmune a la viruela fulminante, entonces para probarlo le inoculó la viruela a un niño que había tenido la viruela de vaca. Cuando vio que el niño efectivamente era inmune a la viruela confirmó que estaba en lo correcto y a ese procedimiento de inoculación de una pequeña muestra del virus le puso vacuna. Ahí mi amiga (profesora de inglés) me mandó otro audio largo poniendo en duda esa afirmación del documental ya que vacuna en inglés es vaccine y vaca en inglés es cow, entonces en principio no tenía sentido. Y ahí pensó en otras derivaciones, vacuno, bovino, otras palabras similares a vaca, que fuesen similares a vaccine. Pues no, pensó en varias opciones hasta que terminó afirmando que lo que había dicho el documental no era cierto. Le tomó unos dos minutos y medio ese razonamiento.
Yo me puse a investigar un poco en internet hasta que encontré que, en realidad la vacunación (vaccine) viene de variolae vaccinae que fue como Edward Jenner le puso a la «viruela vacuna» que había descubierto. Entonces, él no le puso vacuna a la vacuna. El que decidió homenajear a Jenner poniendole ese término a todo procedimiento de inoculación de la muestra del virus que se pretende que el cuerpo inmunice, fue Louis Pasteur. Entonces vacuna (vaccine) viene de vaccinae, por lo que, finalmente, estaba bien la afirmación que había hecho el narrador del documental.
Como verán, algunas cosas no se resuelven con audios de diez segundos. Bueno si, tal vez con cien audios de diez segundos.
Mi biblioteca es reducida. Consta de unos cien libros, casi todos comprados en tiendas de saldos o en la feria, fundamentalmente por cuestiones económicas. Esto del precio como criterio para comprar un libro ha generado una biblioteca poco "prestigiosa". Hay pocos clásicos y casi todos los libros son usados. La colección es muy heterogénea así que uno puede con claridad cuáles son los escritores que he leído más en físico. Los autores cuyas obras se repiten en mi biblioteca son: Doris Lessing, Douglas Coupland, Charles Bukowski, Ernest Heminghway, Henry Miller, Jack Kerouac y Haruki Murakami. De estos escritores tengo por lo menos dos libros. Esto no significa que no haya leído clásicos o autores de libros caros. Los he leído por internet. Hace unos quince años que leo libros digitales. Al que más leí de forma digital fue sin lugar a dudas Stefan Zweig, un escritor de ficciones históricas interesantísimas. No he leído a otro mejor en el género.
Un aspecto que puede llegar a valorizarse de mi biblioteca es que algunos libros, por baratos y desconocidos, no se pueden conseguir en la red. Tengo algunos de esos. Una de esas obras que encontré fue "El cine de Pedro Almodóvar" de Nuria Vidal. Para los snob, Almodóvar siempre fue un terraja. Tuvo que hacer muchas películas para que le empezaran a respetar como cineasta, y siempre tuvo que luchar contra un círculo artístico pacato y políticamente correcto que en los ´80 lo despreciaban o lo toleraban como a un hijo de psicólogos.
El libro no es una obra maestra pero tiene muchos fragmentos de entrevistas a Almodóvar, que es una persona muy interesante y auténtico en lo que dice; declaraciones de actores de sus películas y fragmentos de la crítica de la época. Es un libro editado a fines de los ´80 por lo que no llega muy lejos en la vasta carrera del cineasta.
En febrero me he propuesto ver toda su filmografía. Ya he visto las primeras dos: «Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón» y «Laberinto de Pasiones». Estas primeras películas muestran a un Almodóvar reflejo de lo que llamaban «la movida» un momento en el que parecía valer todo, con un epicentro en Madrid, ciudad donde gobernaba un tipo que incentivaba a los jóvenes a que estuvieran para la joda. Bueno, todo eso se ve en estas primeras películas donde una lluvia dorada, el sadomasoquismo y el incesto se los aborda como hechos cotidianos. A ningún personaje parece sorprenderle nada de lo que sucede. La tercera película, Entre tinieblas, recordada por mí como la de «la monja que está de ácido» es la próxima que, en este caso, volveré a ver después de muchos años. Dejo algún material que ya he compartido por ahí.