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viernes, noviembre 05, 2021

El futuro en el cielo

 Artículo escrito para el newsletter «Cultura libre en Uruguay y la región».

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Había una vez un planeta.

Este se formó hace 4 mil millones de años producto de la condensación de gas molecular y polvo… polvo de estrellas. 

Este planeta es de la familia de la Tierra ya que es de tipo rocoso, no como otros que son más bien gaseosos. 

Actualmente, la temperatura en este planeta es de unos 500 grados aunque los rayos del sol no penetren su atmósfera altamente concentrada en dióxido de carbono junto con sus nubes de dióxido de azúfre y ácido sulfúrico. 

Podríamos decir que es un planeta inhabitable.

A esta altura algune sabe a qué planeta me refiero. Nuestro vecino y gemelo: Venus. 

Pero no siempre fue un planeta muerto.

Estudios del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA plantean que el planeta pudo tener vastos océanos como los de la Tierra y que por unos 3000 millones de años el planeta tuvo condiciones de habitabilidad.

Esto nos puede llevar a la idea de que pudo haber no solo vida en nuestro planeta vecino, sino civilizaciones completas. Ninguna de ellas, claro, tan sofisticada como para haber alcanzado el espacio, al menos hasta ahora, dado que no se ha encontrado ningún tipo de rastro espacial.

Sería genial tener un dispositivo de captura y observación de luz en algún punto de la galaxia Andrómeda donde están llegando en este momento los acontecimientos de nuestro sistema solar de hace 2537 millones de años que es lo que tarda la luz en llegar a la galaxia vecina. 

Así como desde acá podemos observar el pasado de esa galaxia, desde allá se puede observar una Tierra sin capa de ozono y sin continentes. Un planeta habitado únicamente por bacterias que no utilizaban oxígeno para respirar sino azufre, hierro o hidrógeno. Mientras que, en Venus, se verían grandes océanos, un clima más templado y estable que el de la Tierra (que con frecuencia se convertía en una bola de nieve) y seguramente múltiples formas de vida en consecuencia con esas altas condiciones de habitabilidad.

Continuando a partir del estudio de Michael J. Way y Anthony D. Del Genio del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, la superficie actual se ha formado recientemente, de acuerdo a los tiempos del universo: desde 300 a 700 millones de años.

Durante unos 3000 millones de años Venus fue habitable hasta que una serie de erupciones volcánicas llenaron la atmósfera de dióxido de carbono que tiñó al planeta de ese color amarillento y generó un efecto invernadero que calentó al planeta descomunalmente.

Entonces, cuando a la noche miramos el pasado de nuestro universo en el cielo, a partir de la situación actual en la Tierra, podemos estar también mirando nuestro futuro.


Y es que a la Tierra le está sucediendo lo mismo que a nuestro gemelo, pero no por la acción volcánica sino por la acción de la especie humana. Estamos emitiendo gases de efecto invernadero (GEI), un efecto beneficioso para conservar la vida, pero devastador si el efecto se intensifica, conservando tanto calor como lo hace actualmente Venus. 

La principal consecuencia del calentamiento global la estamos viviendo: el cambio climático que genera eventos extremos en todo el mundo sin importar el grado de desarrollo de cada país pero que sí terminan afectando a las poblaciones más vulnerables. 

En diciembre de 2015, durante la vigésimo primera Conferencia de las Partes (COP21) se firmó el Acuerdo de París contra el cambio climático. El compromiso más fuerte de este acuerdo fue el de iniciar acciones para mantener que la temperatura no supere los 2 grados de aumento con respecto a los niveles de la era preindustrial.

Al 2019 el acuerdo fue firmado por 195 países.

Parecía haber un entendimiento de que en caso de seguir emitiendo gases de efecto invernadero en altos niveles (los que más genera la especie humana con su accionar con el dióxido de carbono, el metano y el óxido nitroso, todos ellos producto de la quema de combustibles fósiles, el transporte de energía y la ganadería extensiva), vamos rumbo a una sexta extinción masiva.

Al 2021 la comunidad científica y las organizaciones de activismo ambientalista en todo el mundo coinciden en que las acciones que se están llevando a cabo para reducir la emisión de GEI no son suficientes y que los compromisos establecidos en el Acuerdo de París no se están cumpliendo. 

En estos días se está llevando a cabo la COP26 con la presidencia de Gran Bretaña, que se comprometió a mantener la meta de no superar los 1,5 grados de aumento y alcanzar la neutralidad de carbono para 2050. 

Para organizaciones como Ecologistas en Acción, esta meta representa «una cortina de humo que oculta que los países fallan en las reducciones de sus emisiones a 2030 y que por tanto, se está incumpliendo el Acuerdo de París».

Para la Red de Acción Climática también es importante que en esta COP26 se ratifique el compromiso de financiar pérdidas y daños en los países en desarrollo así como la adaptación al cambio climático. Un estimativo para mitigar la afectación de unas 30 millones de personas del Sur Global implicaría movilizar 1.3 billones de dólares al año de aquí hasta el 2030. Sin embargo, las potencias económicas han fracasado en el compromiso de los 100.000 millones prometidos (79.000 en 2019, se desconocen los datos de 2020).

Finalmente, también es importante la investigación científica en busca de soluciones a esta situación global que cada vez se vuelve más parecida a encontrar el cablecito que desconecte la bomba. 

Para avanzar lo más rápido posible es importante tener todos los progresos a disposición de toda la comunidad científica y para ello el licenciamiento libre se vuelve fundamental para compartir el conocimiento.

Cito a Catherine Stihler, CEO de Creative Commons quien participó en la COP26: “Necesitamos soluciones urgentes. Tan solo imaginen si la investigación de climatólogos, biólogos, geólogos, ingenieros y psicólogos estuviese disponible para todos”.

El domingo estaba en el Planetario de Montevideo viendo cómo les niñes señalaban a Venus en el cielo digital. Ahí comencé con las reflexiones que terminaron en esta nota. Mientras veía sus deditos apuntando al planeta y luego a las diferentes constelaciones, yo pensaba en lo ínfimos que somos para el universo, lo breve de nuestra edad en la Tierra y tal vez lo breve de nuestra existencia. Y cuando se está en ese lugar, todo deja de importar bastante, los problemas que nos aquejan cotidianamente se vuelven insignificantes y aparece una suerte de lugar feliz cuando uno se sitúa en el plano del universo. 

No les quiero angustiar, pero la Tierra tiene fecha de vencimiento. Tranqui, será en unos 5500 millones cuando el Sol pase a ser una gigante roja y nos absorba por completo. 

Falta un montón, pero ese tiempo lo estamos acortando drásticamente a un par de siglos.

Está en nosotros como especie tomar las acciones necesarias para seguir viendo niñes contentes señalando el cielo con una sonrisa, en lugar de ponerse una vincha y salir con una metralleta a buscar un vaso de agua.

Difundamos, militemos, activemos, eduquemos, mucho o poco, todo sirve para intentar salir de este estado de negación que enfrentamos como especie.

Estamos a tiempo.

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