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jueves, febrero 19, 2015

El Sueño de Eduardo y una Breve Mención a Kevin Costner


           Eduardo tenía treinta años en ese momento. Hacía ocho que estaba en la empresa y parecía estar feliz. Era callado a un nivel autista, naturalmente pelado y se vestía como si fuera principios de los ´90: jeans gastados, remeras gastadas (no agujereadas), Topper celestes gastados. Sería el único preparado estéticamente para una actuación sorpresa de Mudhoney.

            Unas semanas atrás había empezado a charlar a fondo con Eduardo a través de Martín, otro pelado treintañero que trabajaba en la empresa hacía tiempo y estudiaba en la facultad de ciencias sociales. Era de esos que vienen del interior parcialmente bancados por los padres y tienen que conformar un ingreso digno con un trabajo cualquiera en la capital.  Me caía muy bien Martín y con el tiempo formamos una tríada que charlaba de música, de las tetas de Fabiana, y que fumaba tabaco con la voracidad de un perro que come por primera vez las galletas más caras del mercado porque sus amos ganaron el “5 de Oro Revancha”. Los tres allí fumando hubiésemos sido la publicidad ideal de cualquier tabacalera de no ser especímenes tan patéticos de la raza humana: pelados o canosos, bajitos y peludos o altos y con granos.

            Eduardo y yo estábamos contando plata, armando un paquete de cambio entre los dos. A los dos meses, uno ya puede hacer dos cosas al mismo tiempo y con la misma precisión. El hemisferio izquierdo puede estar contando a gran velocidad y depurando billetes viejos al mismo tiempo mientras el otro hemisferio está pensando en bandas de rock alternativo del “underground” nacional.

            De pronto Eduardo puso cara de que acababa de recordar algo y dijo:

-          Me acabo de acordar de algo que soñé.
-          ¿Qué soñaste?
-          No es un gran sueño, sólo recuerdo un momento. Yo tenía muchos años. Era un anciano. Estaba junto a otros ancianos en una casa de salud arruinada. Las paredes tenían toda la pintura verde descascarada y dejaba ver la pintura anterior de un color celeste con muchas escrituras que parecían estar hechas con uñas afiladas.
-          ¡Qué “creepy”[1]!
-          Lo más raro es que de fondo sonaba un tema de Creedence que no conocía ni ahí. No soy muy fan de los Creedence pero hay temas que conoce todo el mundo, esos que están en una especie de Greatest Hits que tienen. Ese que tienen todos los veteranos ex-hippies en su colección de CD´s.
-          Si fuera a ver a mi abuela de ochenta años a un lugar así no estaría tan mal. De última, las casas de salud se tienen que ver así: deterioradas como los propios ancianos. Y los Creedence como banda sonora del lugar le daría un toque especial. Cuando vivía en Belvedere tenía unos vecinos con una casa así como la que describís. Allí vivía una vieja de unos setenta años con sus dos hijos solteros de unos cincuenta y cuarenta y cinco años respectivamente. El de cuarenta y cinco se parecía a Kevin Costner pero pelado y medio negro. El otro era exactamente igual al Rey Juan Carlos de España pero un pelín más joven. Hasta que fui adolescente no me di cuenta de lo raro que era todo allí. A veces se escuchaban gritos de los hijos que se emborrachaban y le increpaban un montón de cosas a la madre, la cual no hacía más que llorar y pedir perdón una y otra vez. Cada vez que tenía que ir a buscar la pelota entraba a la casa y las paredes eran amarillas con trozos de pintura descascarada en verde. Nunca olvidaré ese olor a viejo que parecía salir de todas partes. Era principalmente olor a humedad junto con esa mezcla mágica que solo los viejos pueden obtener.
-          ¿De verdad tenías esos vecinos? ¿Y cómo te animaste a entrar a buscar la pelota?
-          Cuando sos chico no tenés miedo. Además eran buena gente. Tenían eso de los gritos de borrachera pero para mí era normal, yo que sé. Mis viejos también gritaban en mi casa así que estaba acostumbrado.
-          Yo hubiese comprado otra pelota…
-          ¿Por qué sonaban los Creedence si no los escuchás?
-          Ni idea. Esas cosas del cerebro. Lo que sí hice fue buscar ese tema porque lo recordaba bien. Me había gustado. Era un tema instrumental. Conseguí varios discos de Creedence y descubrí que no está nada mal.
-          ¿Cómo es eso?
-          Si te salís del compilado y escuchás los discos vas a ver que están buenos. Yo escuché “Bayou Country”, “Green River” y el “Cosmo´s Factory” cuya primer canción es el tema que ambientaba la casa de salud de mis sueños. Cuando puedas escuchálo que es un temazo. “Ramble Tamble” se llama.
-          Sabés que conozco una banda grunge[2] llamada Green River. ¿Habrán tomado el nombre por el disco ése de los Creedence?
-          Si, lo averigüe el otro día. Y además encontré otras cosas. ¿Sabías que tocaron en Woodstock?
-          No, ni idea. Vi la película pero no los recuerdo.
-          Es que no salen en la película. No salen porque tocaron muy tarde y John Fogerty no quiso que el show saliera en la peli porque dijo que el show no había sido “decente”. Parece que terminaron tocando a las 3:30 de la mañana, cosa que para nosotros es como si fueran las 6, porque los Grateful Dead se pasaron de la hora estipulada y se quedaron “zapando” en el escenario, jaja.
-          Mal ahí…
-          Si, pero estarían re-drogados de ácido. Y los Creedence también. Tocaron tardísimo cuando ya no sabían con qué darse.
-          Yo todavía no entiendo cómo tocaban de ácido. ¿Vos probaste alguna vez?
-          No. ¿Vos?
-          Si.
-          ¿Y?
-          No se puede tocar de ácido. O sea, podés tocar pero no a un nivel profesional. Podés hacer algo decoroso si ensayaste los temas unas mil veces, sino es imposible. Tu mente está en otro lado imaginando cosas. ¿Vos entendés que alucinás? ¡Ves cosas que no están! ¡Escuchas conversaciones de gente que no está! ¡Las caras se deforman! ¡Todo se mueve! – gesticulaba mucho mientras decía esto- . Está buenísimo pero no para tocar un instrumento. El único que quizás podés tocar es el bajo si los temas no tienen muchos arreglos. Si sos el frontman también podés enfrentarlo. Capaz que sonás como las niñas de las Brujas de Salem gritando “!Demonio, demonio!” pero de todos modos vas a creer que sos genial. Yo toco la batería hace cinco años y te digo que no me puedo dar con nada porque pierdo la coordinación de inmediato. Con el faso me pongo paranoico y me persigo mucho con lo que estoy tocando y además se enlentece mi tempo[3] interno. Con el alcohol, en la medida justa, motiva pero si me paso un poco, marché con los ritmos más complejos.
-          Yo toco el bajo así que puedo probar si lo del ácido es cierto.
-          ¿Tocás el bajo?
-          Si.
-          ¿Tenés banda?
-          Si.
-          ¿Cómo se llama?
-          Jugadores Sensibles.
-          Buen nombre. ¿Y qué hacen?
-          Onda Pixies, Luna, Yo la Tengo.
-          No conozco nada. ¿Tenés algo para pasarme?
-          Mañana te traigo algo de los Pixies para empezar.
-          Dale.
-          Te traigo el “Surfer Rosa” y el “Dolittle”. Con la banda hacemos un cover de los Pixies. El mes que viene tocamos en Amarcord.
-          Bueno, estoy ahí.




[1] Escalofriante, tenebroso.
[2] Nombre promovido principalmente por los medios masivos de comunicación para vender un determinado producto musical y estético a partir del éxito de bandas como Nirvana, Pearl Jam y Soundgarden.
[3] Una manera de medir la velocidad de un ritmo.

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