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jueves, mayo 12, 2016

El Testigo



¡Más vale que a ese gato no se le ocurra hablar!. Es el principal testigo de la oscura personalidad de Manuel Gonçalvez Galván. Ese gato, Bernardo, es el único que sabe que Gonçalvez Galván, actual Arzobispo de mi ciudad, tiene debilidades impropias de un miembro de alta jerarquía eclesiástica.

   Bernardo, el gato, siempre atento, con esos ojos color verde y ribetes amarillos, viene observando desde hace cinco años, y al menos una vez por semana, como Galván durante media hora es penetrado ferozmente por un inmigrante nigeriano mientras mira pornografía gay interracial amateur en la computadora con los ojos desorbitados. El gato siempre se sube a un estante a observarlo fijamente, uno pensaría que juzgando o asqueado de tanto pecado, cuando en realidad está esperando con paciencia su siguiente ración de pastillas sabor pescado, de esas bien caras que le da Galván.
   Cinco años atrás, Bernardo fue dejado en la puerta de la Catedral siendo apenas una bolita informe de ojos cerrados y la pequeña lengüita para afuera. Galván lo tomó con mucho cuidado, lo entró, le dio cobijo y a partir de allí se generó ese vínculo que habitualmente existe entre un amo y su mascota.
   Durante un buen tiempo, Galván dejaba al gato afuera de su recámara cuando comenzaba a saciar su deseo sexual multisensorial. Bernardo esperaba afuera con paciencia por un rato, hasta que comenzaba a sentir los jadeos, y ahí, desesperado, empeaba a rasgar la puerta con sus garritas.
   Un día Galván olvidó cerrar la puerta de la excitación que tenía, esa excitación que vuelve a uno irracional, con la mente fija en una sola cosa: acabar. Y ese día, una vez vaciado su cuerpo, al levantar la mirada, en uno de los estantes más altos de la recámara, se encontraba Bernardo, observándolo fijamente, como si estuviese viendo a través de él, no sólo la lujuria y el deseo de Galván, sino la serie de atrocidades cometidas por la Iglesia en su larga historia desde que se convirtió en el estándar de todas las religiones.
   Al nigeriano no le gustaba Bernardo. Le incomodaba mucho la presencia del gato y le hacía perder la erección. Además a Bernardo en ocasiones se le ocurría bajar del estante y pasearse alrededor del moreno, rozándolo con su pelaje, dejando su aroma entre sus piernas, señal de que el nigeriano es de su propiedad.     A Galván, por el contrario, no le molestaba que Bernardo rozara sus piernas o que comenzara de pronto a lamer los dedos de sus manos que estaban apoyados en la mesa sobre la que se inclinaba.
  ¡Más vale que a este gato no se le ocurra hablar! Bernardo, un gato ruso azul pero cuyo pelaje es en realidad de un gris fuerte; un hocico pronunciado que lo hace parecer más salvaje, y un cuerpo más parecido al de un hurón, es el testigo del llanto luego de la lujuria, de la recomposición de la personalidad artificial, esa que los feligreses conocen y aman.

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